LA HUELLA DE LOS

AMERICANOS

Los ahorros y las experiencias en la emigración contribuyeron a la transformación de las sociedades de partida, en las que a comienzos del siglo pasado arraigó el sindicalismo con un papel relevante de los retornados con ansias de democracia y libertades. Tenían este perfil varios de los fundadores de La Protección Obrera y de la Liga de Labradores de Nebra, hermandados en la lucha contra las injusticias del caciquismo y la pésima gestión municipal en Porto do Son, desencadenantes de los trágicos sucesos de Cans de octubre de 1916.

Los americanos se identificaron porque, a veces, vistieron y hablaron como extranjeros, aunque, sobre todo, por introducir cambios en la cultura material, particularmente en el campo de la comunicación y del ocio, como fueron los gramófonos, los bandoneones, las radios y las cámaras. Precisamente con una Zeiss Ikon llegada de Cuba, Ramón Caamaño retrató a mucha gente de Porto de Son y fotografió las principales calles de esta villa y el castro de Baroña. El dinero ganado en la emigración se empleó de manera diversificada: por ejemplo, en comprar tierras y en redimir los foros que las grababan, en adquirir motoras de pesca, en construir hórreos y casas de cantería… En cemento se edificó la singular mansión del indiano Formoso, todo un emblema de estatus.

Los retornados invirtieron en actividades y negocios tradicionales (microcréditos, salazón y comercio de sardina, efectos navales, tabernas, comestibles, tiendas de tejidos…) y en otros modernos como los cafés. Uno de los primeros del Son, abierto en la década de 1920, fue del Peroloco, comisionista de embarques de pasajeros. En una pequeña villa hace más de un siglo esta última dedicación era excepcional, y, entonces, las ferreterías, establecidas aquí por otros retornados como Paxariñas (alcalde y cabeza de un poderoso clan político), Manuel de Carreira o Carlos Casal, también eran relativamente novedosas. Mayor modernidad comportaban los servicios de suministro eléctrico (de Novium, del referido Casal, o de Electra del Son de don Juan de la Parra) o los de transporte en automóvil, como los omnibuses del Argentino-Gris o los taxis de Antonio Lorenzo. Este, paradigma de emprendedor, se asoció a su cuñado Juan Carou y a José Tomé, suegro de ambos, para instalar un inédito espacio de entretenimiento: el Cine Colón. Inaugurado en 1927, reportó pocos beneficios y cerró antes de la apertura dos años después del Salón Cinema de Juan Romero Blanco, otro que había venido de Buenos Aires y había prosperado como armador de pesca y corresponsal del Banco de Comercio Hispano-Argentino.