LAS CARTAS

Los vínculos familiares transatlánticos afloran en la correspondencia postal, que fue fluida entre los miembros de la primera generación de emigrantes. Gran parte de esta documentación, más opaca a primera vista que las fotos, y muy sensible a la humedad y a otros factores ambientales, no llegó hasta nosotros. Perdemos, por lo tanto, fuentes insustituibles para reconstruir muchas microhistorias de gente común. Estos papeles hablan de la morriña, de las ansias, de las preocupaciones, de los círculos de sociabilidad y de las añoranzas gastronómicas de personas que buscaban prosperidad, que extrañaban a los suyos y también los chorizos de cerdo y las sardinas ahumadas.

Para comunicar los asuntos prioritarios de sus proyectos vitales y, secundariamente, anécdotas y curiosidades, los emigrantes aprovecharon, con frecuencia hasta el extremo, las márgenes de las hojas de papel, mientras que las felicitaciones las cursaron en tarjetas postales. En estos escritos suelen abundar los errores ortográficos y gramaticales, y los reflejos diglósicos, pues la formación letrada de los remitentes era, por lo general, deficiente. Las acostumbradas cortesías y deseos de buena salud ocupan las primeras líneas de las cartas, que terminan con las despedidas, más o menos cordiales, según la relación establecida con el destinatario. En los párrafos centrales se desarrollan los temas que motivaron la carta: las noticias sobre las bodas, los embarazos, los nacimientos, las enfermedades, las desgracias y las muertes de los más allegados, que se relatan al tiempo que se despiertan los recuerdos de personas y espacios compartidos. También se informa del envío de dinero y del destino de estas remesas, de la gestión del patrimonio familiar y de sucesos en la comunidad de acogida y de otros en el campo internacional con efectos en los mercados de trabajo y en los precios (la Gran Guerra, el crack del 29…)

Con carácter singular, algunas misivas entre matrimonios contienen confesiones íntimas, en el campo del erotismo, con un lenguaje codificado solo descifrable por la pareja en cuestión. De este modo, en la distancia, Juan Carou y su Leliña, unidos por una relación epistolar excepcionalmente larga, sincera y llena de pasión, mantuvieron latente el fuego amoroso pese a muchas desventuras.